El origen del toro de lidia: las castas fundacionales
Todas las ganaderías de ganado bravo de Europa y América tienen su raíz en las conocidas como castas fundacionales.
Una suerte de evolución se ha dado en esta especie: algunas de las castas se se han extinguido con el pasar del tiempo, más que nada por sus características físicas, y han dado paso a que la crianza de otras se generalice
Cinco son las castas fundamentales, coinciden la mayoría de investigadores, en las cuales tienen su raíz todas las demás. Jorge Laverón, en su libro "Historia del Toreo", recoge las principales características de cada una:
JIJONA. Fundada por José Sánchez Jijón. Tuvo sus asentamientos en la provincia de Ciudad Real (Villa Rubio de los Ojos), a orillas del río Guadiana, y en Madrid, en Colmenar Viejo y en la ribera del río Jorama.
CABRERA. Es de origen andaluz, una creación de Rafael José Cabrera. Dio origen a las ganaderías más legendarias de la historia: los Miura. Los herederos de Cabrera, enajenaron la ganadería a Juan Miura, el 4 de noviembre de 1852. El toro de Cabrera era de gran alzada y bravura, de constitución agalgada, de gran poder y dureza de patas. De variadísima capa; iba desde la negra, cárdena, "colorá", hasta la jabonera.
VAZQUEÑA. Fue fundada por don Gregorio Vázquez. Con estos toros, Fernando VII funda una ganadería a nombre de su cuarta esposa, María Cristina de Nápoles. Fue vendida luego al Conde de Veragua. Estos toros son de tamaño medio, tienen una gran variedad de capas: zardos, jaboneros, negros, cárdenos y castaños. De esta casta procede la Real Vacada de Portugal.
VISTAHERMOSA. Es preponderante en la actualidad. El fundador de esta ganadería fue Don Pedro Luis de Ulloa, primer conde de Vistahermosa, en la mitad del siglo XVIII. Está considerada como el prototipo del toro de lidia. Este encaste, después de más de dos siglos de existencia, ha renovado con su sangre, casi la totalidad de las ganaderías españolas y americanas, y por su puesto, las ecuatorianas.
Es de talla mediana, de constitución robusta, de cabeza pequeña y cola y patas finas. Su conjunto es armonioso y extremadamente bello. En el pelaje abunda el negro, el cárdeno y el castaño.
Descendiente de esta casta es la ganadería Ibarra, la cual, a principios de siglo, se dividió en Parladé y Santa Coloma. Parladé se divide en Juan Pedro Domecq y Conde de la Corte. De Juan Pedro Domecq se originan alrededor de 80 ganaderías y del Conde la Corte se derivan 20 ganaderías más.
Del brazo de Santa Coloma se derivan cuatro castas: Victorino Martín, Celestino Cuadri, Lorenzo Fraile y Joaquín Buendía. De este último se derivan a su vez 30 ganaderías más.
NAVARRA. Se criaban en las Bárdenas Reales. Se distinguen por su pequeña talla, de mucha cabeza, ligero, nervioso, bravo, de embestida incansable. Su pelaje de color castaño, retinto, colorado y negro. Los fundadores fueron Don Francisco Gündulain, de Tudela y Don Joaquín Zalduendo, de Caparroso.
Toros criollos: los primeros años
El toro bravo guardo sus características por siglos. En la primera mitad del siglo XX se crean las ganaderías de crianza del conocido como toro criollo, los que se lidiaron en las plazas de Quito hasta los setenta
Los primeras noticias de ganado bravo en tierra ecuatoriana se encuentran en las crónicas del siglo XVII, cuando los religiosos jesuitas, mercedarios y dominicos trajeron ganado bravo a América para guardianes del ganado manso y de los cultivos. No es extraño, por esto, que la tradición nos cuente que los primeros toreros fueron los indios que debieron rápidamente aprender a sortear los bravos celadores.
Los primeros toros que arribaron fueron de la casta navarra, una de las cinco castas fundacionales españolas.
El siglo XVIII y XIX están cargados de narraciones de toros de pueblo y festivales que eran organizados para la celebración de algún hecho especial o aniversario y que duraban días y hasta semanas. De la última parte de la época colonial incluso se sabe que la Plaza Grande se cerraba para los festejos taurinos.
Ya en la primera mitad del siglo XX nacen haciendas de cría de ganado bravo criollo que había guardado sus características por siglos enteros. El Pedregal, Chalupas, Antisana, Pullurima y Yanahurco llenaron con sus ejemplares las tradicionales plazas de la ciudadela Larrea, Guangacalle y alegraron las inolvidables tardes de la Belmonte y la Arenas.
Es en los años cincuenta cuando Don Luis de Ascázubi trae dos sementales de la ganadería de María Teresa Oliveira para sus vacas de la legendaria hacienda Guachalá, en Cayambe, y forma la ganadería Santa Mónica.
En los mismos años Lorenzo Tous, un español afincado en Guayaquil trae vacas y sementales de Pinto Barreiro (de la casta Parladé) y forma la ganadería Chisinche, en Machachi, con ayuda del matador zamorano afincado en el país, Félix Rodríguez. Cuando se va a vivir a Colombia se lleva el ganado y lo que queda va a parar a las manos de José María Plaza, Rumiquincha y los hermanos Cobo de la ganadería Huagrahuasi.
En 1960 Arturo Gangotena trae sementales mexicanos para las vacas criollas de su hacienda Pedregal Tambo en Machachi. En la misma época, Ramiro Campuzano compra vacas Santa Mónica (hacienda Guachalá) y sementales mexicanos para formar la ganadería Atocha. Una nueva etapa de la fiesta brava había comenzado en 1960, con la inauguración de la Monumental Plaza de Toros Quito.

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